domingo, 1 de abril de 2007

HOY ESPAÑOL, ANTES CASTELLANO

¡Oiga! de Gabo García Marquez y sus putos
CIEN AÑOS DE SOLEDAD, ya estoy hasta
la testiculada uniforme.
MI HOMENAJE A DÁMASO ALONSO
El primer vagido de la lengua española

Era todo un espectáculo verle dirigir con sus alumnos los seminarios de investigación: asignar roles y tareas, diseñar metas, coordinar los diálogos, enfatizar las convergencias de opinión, enriquecer los problemas con las disidencias, cuestionar, estimular, sintetizar. Era, así mismo, espectacular asistir a sus conferencias. Bajo de estatura, rechoncho, totalmente calvo, se dirigía a la tribuna con pasos cortos y ligeros. Desde que cruzaba la puerta del aula exigía el más absoluto silencio. Y con voz segura y cálida entraba sin preámbulos en los temas. Era lúcido, de una lógica diamantina, claro en su exposición. Su discurso era millonario en saberes.

Se llamaba Dámaso Alonso y él le debo tantas cosas.
Crítico literario, no en el sentido convencional del término, sino en el sentido más hondo de ‘descifrador’ estético de las ‘significaciones’ de la llamada literatura.

La conferencia de aquella tarde se titulaba ‘El primer vagido de la lengua española’.

El Imperio Romano llevó a sus territorio s conquistados y colonizados su lengua, el latín. Con el uso el latín se fue transformando, evolucionando. Fue un largo, lentísimo y constante proceso de mutaciones y cambios. Proceso que ocurría en una cultura de población analfabeta. Año a año, siglo a siglo la distancia y diferencia entre el latín ortodoxo original y originante, y la lengua popular llamada técnicamente vulgar por los lingüistas, devinieron abismales. Tal es así que el latín originario sólo era comprensible para los letrados.

En esta anárquica revolución, ¿cuándo ‘el habla’ puede diferenciarse y constituir una lengua nueva?
¿Existe alguna huella verificable de este mutante lingüístico, de este hito en la historia del idioma?
La pregunta, el interrogante me interesa emocional, visceralmente. Pensamos, soñamos, conversamos, nos comunicamos, sufrimos y gozamos, amamos en español.
Esta lengua que es plataforma de nuestra conciencia, de nuestra vida interior, y de nuestra comunicación en la vida cotidiana ¿cuándo se constituye como entidad autónoma así fuera criatura recién nacida?
Ubiquémonos en el siglo IX de nuestra era. Hacía centurias que la cultura grecolatina se había fragmentado y en parte sepultado con la invasión de los llamados pueblos bárbaros. La cultura superviviente pervive al amparo de los claustros, catedrales y monasterios. Un monje del Monasterio de San Millán de la Cogolla (en la Rioja) transcribe un sermón en latín de San Agustín. Lo hace en un pergamino. Pero por aquellas fechas no todos conocen a la perfección la lengua latina y el monje emilianense para facilitar la comprensión del texto añade en los márgenes palabras, en ocasiones afortunadas para nosotros, frases con estructura sintáctica completa. Añadiduras que se llamaron glosas.
En el Códice 60 se nos brinda ese primer testimonio de la evolución lingüística y huella del mutante del latín al castellano y de éste al español.

"Cono ayutorio de nuestro dueño dueño Christo, dueño Salbatores que dueño yet ena honore e qual dueño tienet era mandacione como Patre, Spiritu Sancto, enos siéculo de los siéculos. Fácanos Deus omnipotes serbicio fere que dnante ela sua face gaudiosos seyamus. Amen. O sea en castellano de hoy: “Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo, Don Salvador, señor que está en el honor y señor que tiene el mando con el Padre, con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos. Háganos Dios omnipotente hacer tal servicio que delante de su faz, gozosos seamos. Amén”
Al monje se le enfervoriza el corazón y concluye el párrafo con una oración.

Texto del siglo X. Pergamino venerable, pergeñado con plumilla fina, en tinta marrón oscuro con iluminaciones en colores rojos y verdes. Desde las primeras lecturas de Menéndez Pidal, no existe experto en Románicas que no lo haya estudiado con devoción. Porque nadie podría haber augurado que aquella lengua que por aquellos siglos, como un buen vino se originaba, llegaría a ser hablada por cuatrocientos millones de corazones.
¡Viva el español!
DÁMASO ALONSO, nace en Madrid en 1898 y estudia Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid. También empezó la carrera de Ciencias exactas, que abandonó más tarde por motivos de salud. Historiador literario, crítico, investigador, lingüista, filólogo, editor de clásicos, antólogo, traductor...
Acumuló cargos, honores y recompensas a lo largo de su fecunda vida. Ha sido profesor conferenciante en las principales universidades de Europa y América.
Debe mucho su formación al Centro de Estudios Históricos, donde trabajó junto a Ramón Menéndez Pidal, a quien sustituyó a la jubilación de éste, en la cátedra de Filología románica de la Universidad de Central, y desempeñó este cargo hasta 1968, año en que fue elegido presidente de la Real Academia Española.
Dirigió la Revista de Filología Española. Fue miembro de las Reales Academias Españolas y de la Historia, doctor Honoris causa de varias universidades extranjeras, y posee el premio Nacional de literatura, el Fastenrath y el de Ensayo de la Fundación March.
En 1917 entabla amistad con Aleixandre y más tarde conoce a Gerardo Diego, García Lorca, Guillén, Salinas y Alberti.
A los 23 años publicó su primer libro de poesía, Poemillas puros. Poemillas de ciudad (1921), que refleja, aunque no muchas, alguna influencia de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Aunque pertenece a la primera fase de la Generación del 27, época de predominio de la poesía pura, sus poemas tienen poco que ver con la tendencia esteticista y abstracta de aquellos primeros años, y en ellos dominan la sinceridad de la emoción, las notas de ternura y de humor, y aparece uno de los temas centrales de la poesía de Dámaso Alonso: el dolor humano, del desvalimiento del hombre frente al mundo.
Después de aquel primer libro de 1921, pasaron muchos años sin que su autor apenas publicara versos: sólo unos cuantos poemas agrupados con el título El viento y el verso, que Juan Ramón Jiménez incluyó en su revista poética Sí. Las doctrinas estéticas de los años veinte -purismo, intelectualismo, deshumanización- congelaron su impulso creador, y necesitó la terrible sacudida de la guerra civil para volver a expresarse como poeta. En 1944 apareció su libro Hijos de la ira, obra de significación importante en la poesía española de la posguerra. Ese mismo año publicó Oscura noticia, en 1955 publica Hombre y Dios,
En 1926 traduce a Joyce: Retrato de un adolescente, y al año siguiente publica una edición comentada de las Soledades de Góngora. Llevará a cabo sucesivos estudios sobre Góngora, sobre el que realiza la tesis doctoral. Entre los años 1931 y 33 es profesor en la Universidad de Oxford, después será catedrático de Lengua y Literatura españolas de la Universidad de Valencia. La guerra civil lo encuentra en zona republicana. En 1939 sucede a Menéndez Pidal en la cátedra de Filología Románica de la Universidad de Madrid. En 1942 publica un estudio sobre San Juan de la Cruz, por el que recibe el premio Fastenrath. Elegido académico en 1945 y director en 1968, dimite en 1982. En 1978 se le concede el Premio Cervantes de Literatura. Tenía títulos de doctor Honoris causa de numerosas universidades extranjeras. Muere en 1990.
DOLOR

Hacia la madrugada me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor, un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.
Fino, fino, iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones, perforaban,
sin astillar, los obstinados huesos, durísimos y de él surgía
todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campoen la mañana primaveral.
Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,
como un sutil dibujo, como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas eléctricas, que entrechocaban con descargas breves,entrelazándose, disgregándose,
para fundirse en nódulos o abrirseen abanico.

¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer, hacerse adulto,
crecer y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes, pujar, pujar,
y ser como la vía láctea, pero de fuego,
crecer aún, aún, ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.
Y fue como un incendio, como si mis huesos ardieran,
como si la médula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose, aún incesantemente se
repusiera su materia combustible.

Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas, frías: minutos, siglos, eras: el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio
universal, inextinguible.
Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo
sin cesar, mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes de azufre,con terribles silbidos y crujidos,
siempre, mi gran hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche, soltando un río líquido y metálico
de fuego, como los altos hornos que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.